Durante años, muchos hemos escuchado la misma frase: “deja la consola y ponte a estudiar”. El mensaje era claro. Jugar podía ser divertido, pero no servía para construir un futuro serio. La University of Silicon Valley, en California, acaba de darle una vuelta a esa idea.

Su nueva Max Achievement Scholarship ofrece hasta 15.000 dólares al año a estudiantes capaces de demostrar logros especialmente difíciles en juegos como World of Warcraft, Minecraft, Destiny 2, Genshin Impact, Final Fantasy XIV o Celeste. No hace falta ganar un torneo ni pertenecer a un equipo profesional. Aquí cuentan la constancia y la capacidad para superar retos poco comunes.

Del currículum clásico al perfil de jugador

El nivel más alto de la beca exige logros con una tasa de obtención inferior al 1% y más de 500 horas de dedicación. En World of Warcraft, por ejemplo, se pide conseguir el título Loremaster, llevar las trece profesiones al máximo y alcanzar reputación Exaltado con 25 facciones.

La idea tiene sentido si dejamos de mirar estas hazañas como simples medallas digitales. Completar objetivos así requiere planificación, paciencia, gestión de recursos y tolerancia a la frustración. Son habilidades reales, aunque se hayan desarrollado frente a una pantalla.

También hay algo interesante en el cambio de enfoque. Las becas de esports suelen premiar el rendimiento competitivo, mientras que este programa reconoce a jugadores que destacan por dominio, perseverancia y resolución de problemas. Es una forma más amplia de entender el mérito dentro del videojuego.

El problema está en medirlo bien

La propuesta, eso sí, no está libre de grietas. La comunidad ya ha señalado que los requisitos parecen muy desiguales según el juego. Completar la historia de Genshin Impact y ciertos objetivos de amistad no exige lo mismo que lograr Dead God en The Binding of Isaac o conseguir todas las Golden Strawberries de Celeste.

Ese desequilibrio importa. Si la universidad quiere convertir los logros virtuales en una medida académica seria, necesita criterios transparentes y comparables. No basta con contar horas o consultar el porcentaje de usuarios que posee un trofeo. Hay retos raros porque son difíciles y otros porque casi nadie se molesta en hacerlos.

Una señal que va más allá

Aun con sus fallos, el programa señala un cambio cultural. Jugar ya no se entiende únicamente como ocio o competición. También puede demostrar disciplina, especialización y aprendizaje autodidacta.

Quizá dentro de unos años resulte normal incluir determinados logros en una solicitud universitaria. La pregunta ya no será si los videojuegos sirven para algo, sino quién decide qué tipo de jugador merece que su esfuerzo sea tomado en serio.

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