Una distopía demasiado cercana

Dystopicon parte de una idea tan absurda que enseguida deja de hacer gracia: los robots ya trabajan por nosotros, el Estado te mete en una habitación y tu empleo consiste en ver la televisión para cobrar. Suena a chiste negro, pero lo que se queda después de jugar no es la broma, sino esa incomodidad muy de Black Mirror en la que empiezas riéndote y acabas pensando en la existencia, en el futuro de la humanidad y en lo poco que falta para que algo así no parezca tan disparatado.

Mirar la tele como forma de supervivencia

La premisa funciona porque es sencilla y directa. Eres un ciudadano de Clase 2, tienes una rutina marcada y necesitas gestionar tu tiempo y tu dinero para sobrevivir. Ver la tele te paga el sueldo, y con ese dinero compras servicios, entretenimiento o recursos que te permiten aguantar un poco más dentro de ese sistema. La gracia está en que todo parece mecánico, casi tonto, hasta que entiendes que la mecánica es precisamente el comentario.

Jugar a Dystopicon tiene algo de bucle opresivo. No busca deslumbrar con acción ni con grandes despliegues, sino ponerte en una situación incómoda y dejar que tomes decisiones dentro de unos márgenes muy estrechos. Puedes ser obediente, seguir las instrucciones y aceptar tu papel. También puedes curiosear, desafiar el sistema, intentar hackearlo o tirar de rebeldía. El problema es que cada gesto tiene precio, y esa sensación de estar midiendo hasta dónde conviene mirar más allá de lo permitido le da bastante personalidad.

La gestión del tiempo parece simple sobre el papel, pero va ganando interés cuando el juego introduce nuevos escenarios y pequeñas variaciones que obligan a replantear la estrategia. No todo va de optimizar ingresos: también hay que decidir qué clase de ciudadano quieres ser, cuánto estás dispuesto a arriesgar y si merece la pena saber más. Ahí Dystopicon encuentra su mejor punto. No te engancha por acumulación de sistemas, sino por la curiosidad malsana de descubrir qué hay detrás de esas cuatro paredes.

Una estética de encierro burocrático

El apartado artístico acompaña muy bien esa idea. Su mundo retrofuturista tiene algo cutre, burocrático y televisivo, como una distopía fabricada con muebles funcionales, propaganda y tecnología que promete comodidad mientras te encierra. No necesita parecer caro para transmitir lo que quiere. Al contrario, esa austeridad le sienta bien: refuerza la sensación de estar atrapado en un espacio diseñado para que no pienses demasiado.

También hay un humor muy seco, con aire satírico, que ayuda a que el juego no caiga en el sermón. La exageración de cobrar por mirar la tele, los servicios para sobrevivir, la obediencia al sistema o la posibilidad de acabar convertido en burócrata, rebelde o algo peor encajan dentro de una crítica bastante clara al consumo pasivo, la vigilancia y la sustitución del ser humano por procesos automatizados. Puede hacer gracia, sí, pero es una risa con un poso raro.

Decisiones pequeñas, consecuencias grandes

La narrativa no parece contarse solo con textos o finales, sino con la progresión de escenarios y con las consecuencias de lo que haces. Que haya múltiples desenlaces refuerza esa idea de experimento social: no se trata únicamente de “ganar”, sino de ver qué tipo de persona acabas siendo cuando el sistema te aprieta y te ofrece comodidad a cambio de obediencia.

En definitiva

Dystopicon merece la pena para quien busque una distopía pequeña, incómoda y con mala leche, más interesada en hacerte pensar que en darte espectáculo. Si te atraen los juegos de gestión con carga satírica y premisas que se te quedan dando vueltas después de cerrar Steam, aquí hay una propuesta muy concreta, extraña y bastante pertinente.

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